Da Mundi­al de la Salud Men­tal

El Hos­pi­tal Psiq­ui­tri­co cel­e­bra el Da Mundi­al de la Salud Men­tal recor­dan­do la impor­tan­cia de no estigma­ti­zar a sus pacientes.


Cipri­ano y Pedro, en primer trmi­no, son pacientes del doc­tor Rain­er, primero por la derecha.
JORDI AVELL

Un hom­bre que sufre el estig­ma que supone pade­cer un prob­le­ma men­tal, por el rec­ha­zo que ello causa en la sociedad en la que vive. Un futuro que, en con­se­cuen­cia, se pre­sen­ta como incier­to, lleno de dudas y temores. Ese es el pun­to de par­ti­da para la cin­ta Jok­er, bril­lante­mente inter­pre­ta­do por Joaquin Phoenix. Pero es tam­bin la real­i­dad que, para su des­gra­cia, han vivi­do durante aos Cipri­ano y Pedro. El primero, enfer­mo de una depresin crni­ca que le ha persegui­do durante toda la vida ‑ha alcan­za­do ya los 70‑, pero que solo se empez a tratar cuan­do haba toca­do los 40. El segun­do, afec­ta­do por un transtorno bipo­lar que le ha oblig­a­do a pasar los lti­mos cua­tro aos en el Hos­pi­tal Psiq­ui­tri­co de Pal­ma.

Ellos han queri­do mostrar su cara y con­tar su caso a quienes deseen saber ms sobre lo que escon­den unos tran­tornos que siguen sien­do hoy una causa ms de dis­crim­i­nacin. Lo cuen­ta Cipri­ano, quien ase­gu­ra que la gente nos mar­gina si sabe lo que nos pasa.

Ante esa real­i­dad, Pedro hace ya algn tiem­po que opt por dar la vuelta a la situacin, y se con­vir­ti en el encar­ga­do de acer­car su his­to­ria ms per­son­al al alum­na­do que cada mes cruza las puer­tas del psiq­ui­tri­co para cono­cer un mun­do demasi­a­do tiem­po ocul­to. O direc­ta­mente escon­di­do.

Para el psiquia­tra Rain­er Ober­guggen­ber­guer, los muros que en Pal­ma rodean lo que durante aos se llam man­i­comio, no han hecho sino echar ms lea al fuego de la estigma­ti­zacin.

Con­tra ella se tra­ba­ja a base de mlti­ples ini­cia­ti­vas. Lle­var a chavales has­ta el psiq­ui­tri­co es solo uno de los proyec­tos puestos en mar­cha hace ya aos. Pero la vol­un­tad del doc­tor Rauner y del resto de su equipo es abrir ese espa­cio para que los afec­ta­dos por prob­le­mas como la esquizofre­nia, la depresin o el transtorno bipo­lar, se conecten a la vida.

Y en ello anda Pedro. Con 44 aos recin cumpli­dos, hace aho­ra dos dcadas empez a medicarse para evi­tar enormes saltos en su esta­do de nimo que le hacan pasar, en un instante, de la eufo­ria ms des­bor­da­da a la depresin ms abso­lu­ta.

Nun­ca fue Pedro muy estric­to en el con­sumo de las pastil­las que su mdi­co le rec­eta­ba has­ta que cua­tro aos atrs, per­di el tra­ba­jo y cay en el abis­mo. Admite que hizo, durante un tiem­po las mil y una, fundin­dose los ahor­ros de toda la vida en relo­jes de alta gama, coches de lujo, via­jes, fies­ta. Des­pus, cuan­do lo hubo fun­di­do todo, lleg una pro­fun­da depresin que le hizo tocar fon­do. Y all dio el paso.

Por su pro­pio pie, Pedro se acerc has­ta el psiq­ui­tri­co y explic su caso. Des­de entonces, se ha someti­do a un estric­to tratamien­to que, segn el psiquia­tra, ha dado sus fru­tos. Tan­to, que afronta ya a estas alturas el lti­mo tramo de su estancia en el com­ple­jo hos­pi­ta­lario de la calle Jess. De all dar el salto a una vivien­da tute­la­da, des­de donde tratar de volver a empezar. Sin dejar nun­ca la qumi­ca, porque, como expli­ca el doc­tor Rain­er, el transtorno bipo­lar no tiene cura, pero s la existe la posi­bil­i­dad de con­tro­lar sus brotes. Se hace con la far­ma­colo­ga y con el tra­ba­jo psi­coso­cial que impul­san, cada vez ms, las insti­tu­ciones.

El Da Mundi­al de la Salud Men­tal que se cel­e­bra este jueves quiere incidir en un aspec­to que sigue sien­do hoy tab para bue­na parte de la sociedad: el sui­cidio y las for­mas de pre­venir­lo. No en vano, las cifras resul­tan demole­do­ras: cada dos horas y media se sui­ci­da una per­sona en Espaa; los muer­tos por sui­cidio dupli­can a los de acci­dentes de trfi­co, super­an en once veces a los homi­cidios y en ochen­ta a las muertes por vio­len­cia de gnero. Y en el plan­e­ta son 800.000 per­sonas las que cada ao deci­den acabar con su vida de for­ma vol­un­taria.

Cipri­ano pudo haber sido uno de ellos. “Con quince aos sent por primera vez el impul­so de quer­er lan­zarme deba­jo de un coche”, recuer­da. Un entorno famil­iar que le cuid, y el tratamien­to al que ms tarde fue someti­do, le han per­mi­ti­do rebasar la edad de jubi­lacin en bue­na for­ma. Pero, como Jok­er y tan­tas otras per­sonas que sufren enfer­medades men­tales, tiene an que luchar con­tra las peo­res bar­reras: las que le impone la sociedad.

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